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Violencia de género en el ámbito rural

Compartíamos recientemente, en una charla en Villalba (Lugo) con las compas de la Asamblea Feminista local nuestros puntos de vista y experiencias con respecto a los hándicaps que todavía pesan a mayores sobre las mujeres en los casos de violencia de género en el ámbito rural. Y casi todas coincidíamos, incluso los estudios consultados, en resaltar que los datos no nos pueden decir si la prevalencia de la violencia de género es mayor en el ámbito rural que en el urbano, pero sí consta de una serie de elementos negativos que subyugan todavía más la posición de las mujeres en este caso, y vienen siendo:

  • Menor acceso a  la información.
  • Mayor presión del entorno.
  • Menor cuestionamiento de los maltratadores (“si es el vecino de toda la vida…llevaba una vida muy normal…”).
  • Más dificultad para respetar medidas como por ejemplo las órdenes de alejamiento.

Peor acceso a los recursos que nos cubren.

Así, es fácilmente comprensible que las mujeres de entornos más pequeños tienen menor inclinación a denunciar (un 64,7% frente al 72,9% de grandes poblaciones). Y es cierto que la reacción de sus familiares también varía en función del tamaño del municipio de residencia: apenas un 62,2% las anima a abandonar al maltratador, frente a un 81,6% de núcleos poblacionales más grandes.

Pero fuera de datos estadísticos, que sí nos importan porque reflejan una realidad, queremos ir más allá con la reflexión de hoy y fijarnos en la vigilancia “social” que se ejerce sobre el cumplimiento de roles y las expectativas relacionadas con la familia y las relaciones amorosas. Está claro que en el ámbito rural es mucho más estrecha y, además, está presente junto con un mandato de género que se convierte en aliado de la violencia contra las mujeres: la visión de la familia como bien supremo a preservar, pero también el miedo al control social primario y a esa cercanía de relaciones: el miedo al qué dirán (que en las ciudades se encuentra mucho más disimulado): “las mujeres que vivimos en localidades pequeñas tenemos que hacer frente al qué dirán, todo eso en paralelo con el proceso judicial” (testimonio anónimo).

Así, después de una situación traumática como es la violencia de género, las mujeres del rural no sólo han de pasar por un recorrido fatigoso de itinerarios institucionales complejos, con información confusa, fragmentada y poco concreta, sino que, en medio de esa situación, de hacerle frente con recursos insuficientes, han de tener en cuenta las miradas culpabilizadoras, desconfiadas, rígidas y asumiendo estereotipos, que, por supuesto, condicionan la denuncia y añaden particular dificultad al proceso judicial.

Aún así, yo me quiero quedar con un atisbo de esperanza: cada vez son más las y los profesionales especializadas que nos atienden en el ámbito rural con la cercanía, sensibilidad e implicación que un caso como este requiere, que llevan sus conocimientos a los centros educativos para realizar labores de sensibilización y prevención y que dan la cara por los derechos de las mujeres. Un saludo afectuoso para quien se sienta reconocida en estas palabras y un profundo agradecimiento como mujer, madre y profesional. Seguid por esa línea, ahí está el cambio y el germen de una nueva sociedad.

Ana García.

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